Desde que empiezan a salir los dientes hasta que el niño es capaz de darse cuenta de su utilidad, morder sirve para explorar el entorno, saber qué objetos son duros y cuáles blandos, experimentar nuevas sensaciones y reacciones ante estímulos.
Para el niño, los dientes siempre están a su disposición y son fáciles de utilizar; le sirven para establecer relaciones, aunque dentro del mismo impulso de aproximación pueden darse reacciones antagónicas (amor-dio, beso-mordisco) dada su falta de capacidad de diferenciación de ese mencionado impulso de aproximación. Después de los dos años y medio, los niñs ya son conscientes de que hacen daño cuando muerden, y utilizan ese ¡poder! para llamar la atención, por un mero enfado o simplemente por imitación al ver que otros niños lo hacen.
Los adultos podemos hacerles ver a los niños que las cosas se solucionan sin tener que recurrir al mordisco; si la actitud persiste, es conveniente que llevemos una de sus manitas a la boca, para que toquen los dientes y adviertan que son duros y hacen daño.
Cuando advirtamos que el niño tiene intención de morder, podemos decirle:¡Hace daño, paso tu dedo y recuérdalo! Si el niño tiene el hábito de morder muy frecuentemente, sería conveniente que trasladase su agresividad a las manos; por ejemplo, rompiendo papeles duros que no sirvan o modelando plastilina y presionando bastante fuerza. En caso de agresividad acusada y frecuente, y utilización de los dientes sin discriminar sus funciones (el niño no distingue entre masticar alimentos y morder a otros), se debe consultar a un especialista.